jueves, 8 de marzo de 2012

Galgos y espíritu olímpico



En el canódromo de Carabanchel me enteré yo de que los galgos no corrían por deporte. Me lo explicó mi tío Jesús al que le pirraba ir allí a jugarse los duros. Recuerdo aquel sitio como un lugar grisáceo y patibulario. El edificio, que acabaría cerrando para siempre jamás, estaba hecho una ruina y, ni el cartel anunciador de la actividad comercial (la silueta de un galgo de color negro que rodeaban a la palabra “canódromo” en pintura plástica sobre un muro encalado) era muy molón.

Íbamos algunos domingos porque el tío Jesús no abría la bodega que tenía en Canillejas. Aquel sitio que olía a vinacho y que tenía una parroquia peculiar por la que pululaba el dueño de unos estudios de cine con un evidente síndrome de Diógenes, un cubano marxista pero exiliado, un maletero de Barajas que se daba un aire a Escalero “El mendigo asesino”, algún funcionario de voz grave y discurso sindical y una solterona de la Federación Socialista Madrileña bastante hombruna y que bebía como un caballero legionario.

Formaban una especie de Club especial muy raro que se apuntaba a los planes más descabellados. No solo ir al canódromo, a una manifestación o a una lectura de poesía: fueron ellos la improvisada barra brava que fue a animarme al grito de “¡Venga gordinflas!” cuando, en un momento de ofuscación, me empeñé en correr la Popular de Canillejas para niños. Cuatro kilómetros de puro infierno que soporté porque, en cada curva, me encontraba al grupo aquel profiriendo gritos de júbilo y aplausos de esos que están guardados para los campeones de verdad o para los que por estupidez, cabezonería o tesón deciden mantenerse en una carrera que saben que jamás van a ganar. El caso es que animaban como si yo fuera Bikila y estuviera allí para batir la mejor marca del año.

Mi tío Jesús me contó que los galgos no corren por deporte. Que corrían no por placer si no porque les ponen un señuelo, un conejo de mentira tras el que salen escopetados con la esperanza de alcanzarlo sin saber, claro está, que la carrera está amañada y que el fin no es que atrapen a la presa si no que crucen primero la meta. EL galgo no entiende nada y se preguntará siempre: ¿Dónde se ha metido ese conejo?

Yo también corrí aquella Popular, aquella mini-mini maratón, pensando que podía ganarla. Así de idiota era a los 10 años. Me dormí pensando que si 200 o 300 se lesionaban, que si de pronto despertaba en mi una fueza desconocida incluso para mi mismo, que si todo el mundo se despistaba y se quedaba dormido…ya me veía yo encima del pódium recogiendo el trofeo cedido por una tienda de deportes del barrio de Canillejas de la mano de algún concejal, escuchando muy serio el himno de España mirando al horizonte. Aquello fue mi señuelo, mi conejo relleno de ilusiones. De haber dudado, por un solo instante, que aquello terminaría mal posiblemente me hubiera quedado en la cama.


Como era previsible, para todos menos para mi, jamás alcancé al conejo.   

Creo, si no recuerdo mal, que llegué de los 10 últimos. De los 10 últimos como de 500 niños en edades comprendidas entre los 10 y los 15 años. Cuando encaré la recta final sonaba (lo juro) el tema principal de “Carros de fuego”. Valiente chiste. Un niño gordito metido en un chándal amarillo de felpa con un dorsal de Coca-Cola agarrado por dos imperdibles al pecho yendo a una velocidad ridícula mientras intentaba que las gafas no se le cayeran con aquella marcha épica de fondo…menuda antítesis, menuda mofa al espíritu olímpico.

Durante todos los años posteriores muchas veces sentí que me apuntaba a maratones que no podía ganar con el espíritu del que cree que puede ganarlas y, otras tantas, me sentí como un galgo que persigue a un señuelo.

Cerraron el Canódromo de Carabanchel y aquello se infestó de yonquis. Yonquis épicos, de esos que están entre el zombi y el experimento de laboratorio. Mi tío cerró la bodega cuando se jubiló y yo no he vuelto a correr en mi vida ni delante de los antidisturbios.


La tribuna cubierta  y las instalaciones del canódromo fueron reconvertidas en instalaciones deportivas y creo que la bodega fue reconvertida, junto con el bajo aledaño en el que vivieron sus padres en el domicilio de una sobrina suya o algo así.
En Madrid hay que darse prisa, porque como dice Santiago Lorenzo, si giras una esquina y te despistas a lo mejor al volver la vista atrás el edificio que esperabas encontrar ya lo han convertido en otra cosa, en un espacio moderno, de esos multiusos que son unas salas vacías que ya cumplieron su labor nada más quedar inauguradas que no era otra que ser construídas. Después solo hay que esperar que una Caja o una Fundación de un banco saque un cheque y les ponga publicidad para que se pueda celebrar cualquier cosa desde un vino español hasta una exposición de fotografía.

Lo importante es que existan esos huecos, esos subconjuntos sin nada dentro que pueden rellenarse de cualquier cosa, a ser posible de cosas que se consuman muy rápido y que no dejen mucha huella porque el segundo fin de estos edificios es que se tiren para poder volver a construir algo en su lugar y así hasta la próxima burbuja inmobiliaria.
El caso es que desde que se lo de los galgos reivindico mi derecho a correr si quiero y a parar si quiero. Me da igual quien agite el señuelo o toque el tambor. Yo quiero parar y moverme lo justo.

En estos tiempos se nos piden sacrificios. Se nos exigen con la misma alegría con la que antes nos invitaron a comprar casas que no podíamos comprar y a pedir créditos que jamás podríamos cubrir. “Sacrificio” y “esfuerzo” son las dos palabras que, como un mantra, se nos repiten una y otra vez. Es el momento de sacrificarse y de esforzarse pero nadie nos dice muy bien ni por qué, ni en qué condiciones. Es decir, se nos agita el señuelo de la recuperación y el empleo y se nos exige que corramos como a los galgos del canódromo de Carabanchel. En realidad, y si uno lo piensa bien, es muy posible que el fin de esta marcha no sea atrapar el conejo de trapo del bienestar si no que atravesemos esta deflación, esta crisis, a toda pastilla mientras que los dueños del canódromo siguen haciendo apuestas desde las cómodas gradas gritando “¡Venga, Gordinflas!”.

Ya digo, no tengo mucho espíritu olímpico. 

miércoles, 12 de octubre de 2011

La muerte de los creadores



En solo ocho días hemos perdido a un poeta y a un escritor. Félix Romeo y Salvador Iborra. A Félix se lo ha llevado la muerte en un infarto de miocardio y a Salvador lo ha arramplado en la punta de una navaja. 

Si a día de hoy es perfectamente posible calcular las pérdidas de la Bolsa de cualquier parte del mundo con milimétrica y apocalíptica exactitud no vamos a ser capaces de calcular con la misma exhaustividad el hueco exacto que ha dejado la desaparición de ambos escritores. Podemos calcularlo en términos simplemente personales (la muerte de Félix Romeo me ha dejado completamente aturdido porque lo conocí un poco y tenemos muchos amigos comunes) pero eso siempre será algo relativo. 

La muerte conlleva siempre un número importante de tragedias pequeñas: la desaparición de una persona, como decía Eastwood en "Sin perdón", es que desaparezca no su pasado si no su futuro. No habrá más artículos de Romeo, ni más poemas de Iborra. Alguien rebuscará entre sus papeles, en su ordenador, entre sus libros pequeños rastros de obras inacabadas pero siempre con la certeza de que estos felices descubrimientos serán finitos y, por otro lado, nos permitirán atisbar eso, ese hueco, dibujar un poco la estructura del vacío que dejan pero poco más. Por encima de eso, claro está, se encuentra el reguero de vidas afectadas por la pérdida de alguien querido y, en el caso de estos dos hombres de letras, de lectores que sin conocerlos de nada habrán disfrutado de su trabajo. 

En medio de estos dos fallecimientos se produjo el del empresario norteamericano Steve Jobs. Jobs ha subido a los altares y pasará a la historia (daño colateral de este histérico mundo de información histérica) como un visionario de poderes infalibles que nos dotó de algunos de los mejores aparatos tecnológicos que hemos podido disfrutar y, claro está, de los Estudios Pixar. No seré yo el que le quite méritos a las actividades de Jobs al que le agradezco el desarrollo de la marca Apple y de haber puesto el dinero para que se creara un personaje como Buzz Lightyear (la creatividad en este caso corría a cargo de otro visionario llamado John Lassetter) pero si me ha sorprendido que la muerte del magnate -o del visionario, o del prócer, o del genio o de lo que ustedes quieran- haya provocado una enorme cantidad de información acerca del dinero que le iba a costar a la economía mundial el hecho de que Jobs (que por otro lado ya estuvo fuera de Apple un tiempo) haya fallecido y, sobre todo, a un montón de exactas predicciones sobre el futuro de la marca que creara (en compañía de otros). 

En general me ha sorprendido la voz de alarma: ¿Nos quedaremos sin un nuevo Ipod? ¿Qué pasará con el nuevo Iphone? ¿Se resentirá la calidad del futuro Ipad? ¿Serán tan buenos los futuros portátiles de Mac?

Es la primera vez que leo a un grupo de consumidores tan apegados a una marca y tan conocedores de la filosofía de la misma, es decir, que han estudiado la personalidad de Jobs y han atisbado sus planes de futuro, que lo consideraban una especie de benefactor (pese al  precio de sus productos) y que temen que otros, unos advenedizos como Gates, se hagan ahora con el control de la compañía de la manzana y su legado. Un legado que, curiosamente, no tiene solo que ver con aparatos para escuchar música, diseñar, escribir o montar películas si no con algo más, con un rollo muy ciencia-ficción que tiene que ver con una tecnología humana aunque solo sea porque es de colores agradables y no parece un cochino mamotreto y, por ende, queda bien en cualquier parte sea el salón, sea la mesa de trabajo. También hay que decir en favor de Jobs y su compañía que consiguen hacer aparatos que funcionan la mar de bien lo que, la verdad, es de agradecer. 

En ocho días nos hemos quedado sin tres creadores: un escritor, un poeta y un empresario. Ya saben, nunca sabremos muy bien que nos hubiera deparado el futuro de los tres porque se han ido antes de tiempo dejándonos esa sensación de que, en realidad, cuando alguien desaparece nada vuelve a la normalidad ni siquiera pasado el tiempo. Siempre queda eso, el agujero ese tan cabrón, el arañazo y la cicatriz, el surco, la certeza de que nada demasiado bueno dura demasiado tiempo.  

martes, 11 de octubre de 2011

Colaborando para Filmbunker


Vuelvo a colaborar con los señores de la página de las películas raras. Los de Filmbunker, esa gentuza de almas hechas de celuloide...

Esta vez le ha tocado a la rareza belga titulada "SM Rechter" (Erik Lamens, 2009) una película basada en un hecho real que, contrariamente a lo que pudiera incluir el campo semántico de esa expresión, no creo que pueda pasarse a las 16.00 horas en ninguna cadena nacional. 

Si quieren ustedes indagar sobre dicha película y sobre los límites del deseo o los dobles sentidos que suele incluir cualquier frase romántica les recomiendo que se pasen por el enlace y luego vean la película o viceversa. 

Pueden encontrar el texto aquí

lunes, 10 de octubre de 2011

"Mamá es boba" en La 2





Hola lectoras, lectores, modernos y modernas de pueblo, residentes en la gran Babilonia, funcionarios, parados y personitas que, en general, han llegado por casualidad o no a este blog: 

Hoy Lunes a las 00:15 la 2 de TVE (la de todos...eso dicen) emitirá "Mamá es Boba" película dirigida por el insigne Santiago Lorenzo y, como ya saben, una de las películas de cabecera de este blog tan mal diseñado. 

Como siempre les estoy hablando de la misma, es imposible comprarla, y la copia que anda por la red es de menor calidad que la emisión que hará mañana la 2 les invito a ustedes a dejar sus quehaceres (sean los que sean, no nos engañemos, un lunes por la noche no se van a ir a una bacanal), dejen de ver porno, repasar a los clásicos, deconstruir una patata cocida o ver una serie americana (que seguramente repondrán en un par de meses) para darse el gustazo de ver una de las mejores películas del cine español (y mundial) de todos los tiempos (estos tan revueltos y los pretéritos) y vean con sus propios ojos lo que es un milagro: que alguien se digne a programar algo espectacularmente bueno. 

No se aseguran grandes efectos especiales, no se aseguran grandes tomas en 3D, no se aseguran cuatro o cinco giros que tengan que ver con un comando yihadista que ha colocado 14 bombas atadas a colegiales solo un rato para disfrutar de una película que, como la Mahou, nunca pierde las cinco estrellas.

Del mismo modo les invito a recomendar esta película entre amigos y familiares por las vías telefónicas, orales y reuniones de tupper-sex que crean convenientes, tirar de las redes sociales o recomendarla por twitter incluyendo el hashtag #mamaesboba en su cuenta de twitter. 

Un lujo.

PD: Por si quisieran ustedes saber otras muchas opiniones laudatorias les dejo aquí una cosa que escribí para la gente de filmbunker sobre la misma película. 

martes, 27 de septiembre de 2011

Extraterrestre (Nacho Vigalondo, 2011)



Julio (Julián Villagrán) se despierta resacoso y despistado en la cama de Julia (Michelle Jenner). Ambos se conocieron, se emborracharon y acabaron en la cama. Se inicia entre ellos ese ballet del absurdo y la vergüenza ajena y propia que sirve como ridículo epílogo de cualquier rollo de una noche.  Cuando, por fin, Julia consigue que Julio enderece sus pasos por la casa se dan cuenta de que algo no funciona: la calle está en silencio, los móviles no funcionan, la tele tampoco…Cuando sacan la cabeza por la ventana descubren que un enorme platillo volante gobierna el cielo de Madrid.



Este es el chocante arranque de “Extraterrestre” la segunda película de Nacho Vigalondo, una matrioshka cinematográfica que encierra una película de género fantástico, una de catástrofes y una comedia romántica con lo que parecen influencias de “El ángel exterminador”, “El último hombre vivo”,  “Independence day”. De hecho, yendo un poco más lejos no pude no acordarme de “La hora incógnita” (1963, Mariano Ozores) una película muy pequeña que trataba sobre lo que le ocurre a los únicos habitantes de un pueblo de La Mancha que no han sido evacuados de la zona sobre la que va a caer una bomba atómica que se les ha desgobernado a los norteamericanos.

“Extraterrestre” parece una película sin pretensiones de principio a fin. Quizás la recorre la evidencia de que, en un país como el nuestro, es complicado atacar el género fantástico sin las capacidades presupuestarias del cine norteamericano (o el de cualquier industria mejor avituallada económicamente) o porque aquí no nos creeríamos que se pudiera producir una invasión alienígena…imagínense.


La invasión o la visita de los hombrecillos verdes sirve a Vigalondo para poner el acento en otras cuestiones que suelen quedarse fuera de las películas de género donde se suelen narrar historias de heroicidad o maldad extremas. Ahí están “La Carretera” o “La niebla” donde se discute largo y tendido sobre estos temas de si el hombre es un lobo para el hombre o si dejaría de serlo en caso de extrema necesidad o hasta donde somos capaces para sobrevivir para demostrarlo. Vigalondo prefiere enhebrar preguntas más sencillas pero que tienen respuestas todavía no contestadas: ¿Hay cabida para la estupidez humana dentro de los escenarios más catastrofistas? ¿No sería normal que a alguien se le fuera la olla? ¿Seguirían teniendo importancia hechos tan banales como el de guardar las formas o el de comportarse como un verdadero mezquino? En definitiva, ¿el hecho de que una situación de emergencia vaya cobrando visos de normalidad no haría que acabáramos por dejar de plantearnos qué ocurre para volver poco a poco a centrarnos en nuestras vidas?

Si el cine de género cuenta siempre con el truco del climax o, mejor, del encadenado de un climax tras otro para hacer que el espectador se pase dando botes durante la proyección lo que, irremediablemente, lleva muchas veces a que la pirueta ya te parezca atroz a la tercera o a la cuarta vez que la has visto, Vigalondo juega, justamente, con lo contrario: te deja sumergirte en  la realidad de los personajes que, viendo que la amenaza no se hace real, acaban por preocuparse de otras cosas.


Si en el aspecto técnico y narrativo “Extraterrestre” funciona a la perfección no estaría mal acordarse del trabajo que hacen los actores protagonistas: Julián Villagrán borda el enésimo papel que borda (es complicado encontrar algo donde este actorazo no esté bien) dando a su personaje el punto exacto de tío normal superado por los acontecimientos y que va sobreviviendo a golpe de nada (algo muy propio de estos tiempos) y Michelle Jenner tiene la misión de ser la única chica de la película y bordar una interpretación que se aleja bastante de los preceptos de la heroína cinematográfica. A su lado Carlos Areces demuestra sus dotes para la comedia metiéndose en la piel de un molestísimo vecino obsesionado y “pagafantas” (un “pagafantas” del mal, por cierto) y Raúl Cimas sorprende por su calidad interpretativa. No deja de ser notable que Cimas sea capaz de interpretar un papel de tipo normal (dentro de un orden, entiendan como “normal” lo que sería normal en un panorama de invasión extraterrestre) regalándonos alguno de los mejores momentos de la película.

El casting de la peli lo cierra Miguel Noguera que hace un pequeñísimo papel que termina por hacernos evidente que, incluso en las peores catástrofes, hay momentos para ser un verdadero idiota, para “apostar muy fuerte” (como diría él) por convertirse en una estrella mediática aunque ahí fuera nos estemos jugando el planeta.

A día de hoy no tengo ni idea de cuando podrán disfrutar de “Extraterrestre”. Solo espero que sea pronto y que acudan a los cines a comprobar que Vigalondo está en forma, que todavía hay razones para pagar una entradita de cine, que todavía hay historias que contar o, por lo menos, que hay puntos de vista diferentes a los que dar un empujón desde la grada y, sobre todo, para disfrutar in situ de una película brillante, divertida y talentosa.  

Por si acaso estén atentos y no se la pierdan, sería una pena. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Orden, desorden, generaciones perdidas



Antes de la II Gerra Mundial los periódicos ingleses alzaban su voz en contra de la juventud y a sus costumbres a la que, sin dudarlo, tacharon como una "generación perdida". Al parecer la música swing y el jazz, la nocturnidad, cierto relajo sexual y la expansión de la cultura del ocio iban a hacer destructiva mella en una muchachada cada vez más interesada por vivir. En cada uno de aquellas columnas, de aquellas diatribas había una indisimulada admiración hacia el trabajo que Hitler y los nazis habían hecho con la juventud propia que, a tenor de lo que rodaba Lenny Reinfhestal, parecía de lo más ordenada, de lo más sana y de lo más simpática. Por qué no, también, de lo más productiva que, al parecer, no era el caso. 

La cosa, como ustedes saben, ya pareció peor cuando Hitler (me pregunto en qué momento semejante señor y semejante régimen pudieron parecer algo inofensivo) decidió que a Alemania le faltaba espacio y pasándose el Tratado de Versalles por el sitio justo por donde pasa el Rhin comenzó una particular gira turística que acabó con unos cuantos regimientos de la Wermacht echando el rato en las cafeterías de Pigalle. 

Aquella Francia ocupada también tenía su propia generación perdida: se llamaban los "zazou". Amantes del swing, del jazz y de todo lo americano en general, los zazou eran la antítesis de lo que el conservador General Petain esperaba de una juventud a la que veía, como sus mayores y como él mismo, colaborando en el esfuerzo de guerra nazi y, claro está, sirviendo a la delación de conflictivos ciudadanos o, peor, los siempre peligrosos judíos. 

Como si aquello de echar una mano a los nazis en la producción de material bélico, el control de las colonias norteafricanas, la deportación de judíos y la aniquilación de la resistencia no le pareció suficiente a Petain muy pronto descubrió en los "zazou" y sus pintas un nuevo peligro que amenazaba al nuevo orden establecido por él mismo (y un poco por los nazis que lo tenían comiendo de la manita) y se empeñó en eliminarlos lanzándoles a las alegres, sanas, ordenadas y violentas Jeunesse Populaire Française  fundadas por Jacques Doriot que se encargaban de estos trabajitos. 

Dice la leyenda, así estaba la gente de perdida por aquel entonces, que muchos "zazous" en plan de broma cosían estrellas de david a sus ropas donde, en lugar de leerse "judío" se podía leer "zazou". Como la cosa no estaba como para hacer humor algunos de ellos terminaron siendo deportados. 

Tanto los "zazous" como los miembros de la "generación perdida" inglesa acabaron engrosando las filas bien de los ejércitos de la Francia Liberada (y aquí un inciso...aplaudamos al General De Gaulle su capacidad para comenzar una especie de ejército sin país en realidad junto a Leclerq y acabar por convertirse en una de las "potencias vencedoras" de la Guerra...algo de lo que no disfrutó Italia, por ejemplo) bien de los pilotos de la RAF que mantuvieron a los nazis fuera de las Islas Británicas y sirvieron para elevar la moral de los ingleses. Uno de ellos dijo: "Nos llamaron la Generación perdida por nuestro pelo largo, nuestra juventud, nuestra indisciplina, nuestra alegría...nosotros la usamos para demostrar que éramos la respuesta a la masa alienada, militarizada y obsesivamente disciplinada que eran los nazis, que siendo como éramos les podíamos vencer".     

Es una historia corta pero creo que resume bastante bien lo que vengo sintiendo de un tiempo a esta parte con tanto discurso sobre la unidad, la fuerza y bla, bla, bla... 

miércoles, 13 de julio de 2011

La disección de lo moderno




Siempre me ha preocupado el hastío público de los más rancios modernos. Hacerse el moderno, por extensión, conlleva una especie de mirada de eterno aburrimiento y de languidez hastiada. Para el moderno todo tiene que estar visto y oído antes, incluso, de que se haga realidad y, por lo tanto, nada de lo visto y oído puede sorprender o gustar demasiado a no ser que, al disfrute de la pieza, se le ligue un comentario como "no se ha quedado viejo todavía" o un "llamadme loco, pero no me canso de...". 

El moderno tiene, por narices que no disfrutar de nada y, a la vez que lo hace, intentar que el disfrute de los demás se vea como algo paleto, algo pasado, algo cutre de persona que no está totalmente en la pomada o que, con cierta estúpida insidia, se dedica a mirar hacia atrás. Hacia atrás, lo que se dice hacia atrás, solo se puede mirar haciendo un ejercicio, pretendidamente cómico y de mucho reír, de postmodernismo básico en el que, al mirar atrás, vemos reflejados lo tontos que éramos antes de aceptar el presente como único plano de existencia. El moderno es un ser anclado en el presente pero vive un poco en el futuro, al igual que las casas de moda sacan sus colecciones de primavera-verano en pleno invierno, el moderno es un oráculo que se proyecta en el futuro y nos devuelve una predicción sobre colores, directores, tejidos, ideologías, razonamientos, tecnología etc. 

Una vez que se ha descubierto que la predicción no es tal si no, simplemente, un reflejo del deseo propio de que todos vistamos de rosa o vayamos a ver cine iraní, de la necesidad de ser especial en alguna materia, de dirigir el presente cercano todo se tiñe de un color a marrón "purrela" que echa para atrás. 

La foto que encabeza este post deja para la posteridad dos formas de entender la literatura, el oficio de escritor y, un poco más allá, dos formas de entender los avatares de la fama: a la izquierda Tom Wolfe escritor de "Ponche de ácido lisérgico" y "La hoguera de las vanidades", salonista de la tradición malvada de Truman Capote, el único tipo capaz de pasearse por los finales de los 60 con esa pinta de dandy, enfebrecido por la búsqueda de la gran novela americana (de la que quedó descalificado por escritores que entendieron mejor el concepto de "posteridad" o de caducidad) y en el otro Kurt Vonnegut, el fiero, el violento alucinado escritor de "matadero cinco" que fue prisionero en la II Guerra Mundial y vivió en primera persona el bombardeo de la ciudad de Dresde por parte de las tropas aliadas.

Wolfe nunca se ha tenido que bajar de ese pedestal playero que es la fama literaria ("playero" en tanto en cuanto es siempre temporal...díganme ustedes si recuerdan algún best-seller de los ochenta o los setenta que ahora sea más reseñable que Stephen King) y puede decir que flipa con "pimp up my ride" -es fan del formato de MTV- o que le cae bien Bush aunque solo sea porque este rebajó los impuestos de todas las fortunas americanas (Michael Moore se hizo eco de dicha rebaja en "Estúpidos hombres blancos" de manera francamente jocosa) o porque siempre está bien hacer un guiño al parecer general de los neoyorquinos apoyando a un tío nacido en Connecticutt pero que habla con un estúpido acento sureño. Hay que epatar y no solo en el vestir que es otra cosa muy moderna. Vonnegut, sin embargo, ha trepado hasta allí para fotografiarse como recién salido de casa, como vestido para escribir "El desayuno de los campeones"...es paradójico que, haciéndose una foto como esta, falleciera en 2007 al caerse en su propio domicilio provocándose una embolia cerebral del mismo modo que tuviera que sobrevivir al bombardeo de sus compatriotas sobre Dresde cuando era prisionero de guerra de los propios nazis...se puede decir que Vonnegut no necesitaba epatar mirando al presente porque toda su obra está lastrada por la maldad vivida en su pasado. 

Dos grandes escritores, ni siquiera en planos diferentes dos grandes escritores a secas, mirando al frente desde un podio de salvavidas ilustrando dos formas de ver la vida, dos filosofías cortadas por bisturí pero sólidamente incómodas por diferentes razones, desasosegantes, que miran friamente al ser humano y sus reacciones ya sean competentes abogados o desesperados soldados en una guerra que se resiste a ser ganada, a desaparecer. Dos formas de entender el presente y lo contemporáneo, ambos fueron modernos en diferentes momentos, rabiosamente modernos, desde perspectivas diferentes, desde puntos de vista antagónicos: uno negándose a vivir nada más que donde pudieran pisar sus zapatos bicolores y otro arrastrando consigo la maldad en estado puro como única forma de seguir sobreviviendo y de explicar lo que estaba pasando. Es una foto fantástica para entendernos, a lo mejor, a nosotros mismos.   

Nota del Insustancial: la foto está sacada de aquí que es una de las razones por las que se inventó tumblr.